"Fue un gusto hacer contacto": Crónicas - Parte 1
EL CONTACTO
Javier era un chico simple. A los 16 años decidió que la secundaria no era lo suyo y consiguió trabajo a 10 km de su casa, en el campo de un viejo que contrataba peones como si fueran pedazos de jamón. Todos los días recogían semillas o se encargaban de transportar la materia prima a la ciudad de Pergamino.
Javier era bastante sencillo. Trataba a las mujeres como objetos y escupía al reír. Tomaba vino aunque no le gustara y experimentaba el bullir de la adrenalina cuando hablaban de motores, cilindradas y motos. Aún así, a uno podía llegar a caerle bien. Era un pibe de familia, quería a su mamá por sobre todas las cosas y la cuidaba con esmero. Además, tenía una novia: una chica hermosa, cuyo nombre no recuerdo tanto como sus caderas.
Javier, era un chico de pueblo. Él no sabía nada sobre la vida extraterrestre hasta aquella tarde. Conocía las estrellas y creo que sabía que estaba bajo un firmamento. Pero fuera de eso, era un ignorante en el tema.
Aquel día se enteró a la fuerza.
El sol se ponía y todos los peones chivaban como cerdos por haber trabajado bajo el rayo del sol.
Javier estaba dentro del galpón de herramientas, rabioso porque su novia le había pedido que fuera a cenar con sus viejos esa noche, cuando escuchó que afuera se armaba un desastre: sus compañeros corrían, una camioneta arrancaba y se alejaba, los perros ladraban. Javier pateó la puerta y presenció el espéctaculo: luces de colores salían proyectadas de un artefacto gigantesco y de protuberancias esféricas, que flotaba frente a él.
La nave era enorme y muy alargada. Cuando aterrizó, una pared se deslizó hacia arriba y se pudo ver la sombra de un hombre que saltaba al césped y se acercaba a Javier. Era un tipo común y corriente. Iba vestido sólo con una calza negra, MUY ajustada y corta. El resto del cuerpo, desnudo. Tenía un físico trabajado. Sus pectorales y abdomen eran imposibles. La cara era muy cuadrada y tenía unos ojos extraños por lo brillantes. Se paró muy cerca del chico y le dijo:
—Joven, ¿tiene dinero? —Sin pensarlo dos veces, Javier revisó sus bolsillos. Encontró
una moneda de dos pesos. Se la entregó. El hombre la miró.
— ¿Qué moneda es? —preguntó.
—Pesos.
— ¿Y eso cuántos dólares son?
—No sé, creo que no llega ni a cinco centavos.
— ¿Y no tiene dólares?
—No.
El hombre gritó algo inentendible hacia adentro de la nave y se volvió enseguida a
Javier con la palma de la mano extendida hacia a él. En un abrir y cerrar de ojos, Javier estaba desintegrado.
Javier era un chico menudo, pero no tan pequeño como lo era ahora.
Ahora, Javier era un puñado de cenizas.



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